¡Qué hermosa era la
objetividad del tiempo del objeto!
¡Qué hermosa era la
alienación del tiempo del sujeto!.
Etc.
Jean Baudrillard
Cotidianamente más a menudo en la
universidad, en la oficina, en la empresa, en los bancos, en los
hospitales, en los cines, en los aviones, en los centros
comerciales, en el hogar, etc., pensamos, sentimos y convivimos en
un espacio multimedial. Nunca como hasta
ahora la sociedad se había estructurado icónicamente. Ya hemos dejado de percibir la
vida a través de imágenes promovidas internamente en nuestra
conciencia a raíz de contextos narrativos orales o escritos, de
sueños y proyecciones de nuestra capacidad imaginativa. Actualmente
lo hacemos por medio de iconos que la pluralidad y diversidad de
medios electrónicos ponen en marcha o en funcionamiento. En este
momento, a estas alturas del gran progreso informático los libros
electrónicos, las bibliotecas virtuales, la cultura estereofónica y
estereoscópica ha incrementado su patrón de entendimiento, hasta el
grado de que la simulación, que permite a través de su operatividad
la puesta en marcha de la animación, la abstracción y la
interacción, se está constituyendo en el nuevo territorio donde se
gestan las nuevas competencias humanas.
Que lo anterior esté siendo posible
se debe al evento de que el hombre contemporáneo pertenece a la
sociedad de la información en la que la velocidad juega un papel
primordial, puesto que, en un mundo donde la información es lo más
preciado, la velocidad es requisito primigenio para conseguirla. La
velocidad se convierte en parámetro de todo proceso, desde el ámbito
de los negocios hasta el campo de la calidad académica; desde las
trincheras de las elecciones políticas partidistas hasta la moda y
circulación de mercancías. Paul Virilio ha destacado que el poder político,
económico, científico, etc., se alcanza por vía de la intervención
de la velocidad: quien controla los vectores de la velocidad detenta
el poder. La información y la velocidad en el mundo contemporáneo
son corolario de la tecnología integral e intensiva, productora del
ciberespacio, donde los límites referenciales o coordenadas ya no
son geográficas sino informáticas.
Condición que da lugar a que el hombre organice su relación (epistémica, ética y estética) con el mundo de
modo distinto al que guardaba con el mundo ofrecido por la
modernidad. Las percepciones cognitivas, lógicas o epistemológicas;
las valoraciones éticas y morales; las experiencias estéticas o de
la experiencia simbólica, etc., han de manifestarse bajo otro
esquema, puesto que el universo informativo y los espacios virtuales
en los que se mueve el hombre contemporáneo le exigen abandonar
concepciones acerca de lo real desde la totalidad y desde posiciones
fundantes, universalistas y sustancialistas que derivaban en vivencias y en
valoraciones regionales y absolutistas, que mantenían al hombre
adherido a una lógica de la identidad y de la representación, donde
el criterio de verdad se funda en la simplicidad, en la claridad y
en la distinción de la certeza a la cual la razón llega o encuentra
en sí y a partir de sí misma. De igual manera las valoraciones de la
actividad humana: responsabilidad
individual, compromiso social, solidaridad pública, unidad cultural
e identidad con la Ley y con el Estado eran deducidas desde la
obligatoriedad que impone el imperativo categórico o las éticas
coercitivas y normativas. Por su parte las experiencias simbólicas o
producciones estéticas requerían del supuesto de que la realidad
estaba organizada bajo una estructura geométrica, matemática, que
necesariamente el sujeto reproduciría en cualquiera de las
representaciones simbólicas que éste elaborara. Específicamente en
la esfera de la experiencia artística contemporánea el talento del
cibercreador (diseñador o artista
computacional) consiste en producir un mundo fantástico y
presentarlo con una precisión tal que no puede ser descrito más que
como fascinante; es decir, la computadora permite, por ejemplo, al
artista y al cineasta, combinar en un fenómeno de simulación los
objetos reales con efectos tecnológicos sorprendentes. La
flexibilidad del proceso de simulación hace que una situación, una
imagen, puedan a la vez adaptarse y actuar. En la simulación o
virtual, la base de la imagen no es otra cosa que una estructura
matemática rebosante de condiciones y parámetros, paralela a un
fantástico sistema sonoro unido por miles de tonos y de
perspectivas. Una idea, un sentimiento o una imagen pueden ser
exploradas en todas sus posibilidades, reduplicadas en su
naturaleza, que desde, o para, la imagen del mundo moderno, la
naturaleza de los objetos obedecen a tan solo aquellas imágenes que
el individuo ha elaborado en su conciencia.
volver
VERDAD DEL ARTE Y EXPERIENCIA
ESTÉTICA
Roberto Sánchez
Benítez
b) Las
muertes del arte
Como vemos, la
estética hermenéutica
considera que la obra de arte no es una simple reproducción
de la realidad, sino que se encuentra en función de la “apertura de
mundos”, es decir, que su comprensión depende de la capacidad que
tenemos de aprehender su posibilidad, de trascender el mundo
cotidiano inmediato y “fijar” un momento histórico, haciendo posible
su recuperación en el tiempo. La obra es una de las más puras
manifestaciones del tiempo en sí mismo al cautivar la presencia. Es
por ello que puede ser tanto una “intuición utópica” (Ernest Bloch), como un
reconocimiento
retrospectivo. La obra de arte “completa el mundo incompleto,
tanto al plantear futuras experiencias, como al conservar las
pasadas” (Jauss, 1986:40). El arte
representa momentos “originarios”, cierta a-temporalidad que permite
comprender al hombre en el tiempo, vincularlo a actos fundacionales
a partir de los cuales adquiere historia, como veremos en el
siguiente apartado.
En particular, la
verdad en el arte debemos entenderla como un proceso, una
transformación que le ocurre al espectador. La experiencia estética
revela antes que nada un acontecer inconcluso, y está ahí para
sustituir a la conciencia estética tradicional. Experiencia del arte
y conciencia estética, sostendrá Gadamer.
Preguntar por la verdad en el arte es hacerlo por su verdad y,
aparentemente por la verdad de la verdad (de toda verdad), “aunque
ella no sepa lo que es y aunque no pueda decir lo que sabe” (Gadamer, 1988:142). ¿Qué es lo que se
experimenta en la obra de arte? Un comprender, sin duda, que no deja
inalterado a quien lo experimenta. Tal acontecimiento hace posible a
su vez que la obra se “enriquezca” con una variabilidad de sentidos,
que “crezca” y , en este sentido, pueda
explorar posibilidades mas allá del autor. La verdad en el arte,
como hemos insistido, no se establece gracias a la existencia de un
criterio externo definido sobre la realidad. Hablar de la verdad en
el arte supone aceptar la posibilidad de una transformación en
nuestra forma de ver el mundo.
Es por ello que la
obra debería ser capaz de formular un punto de vista que vaya más
allá de la inmediatez de la vivencia de ella misma, de la
discontinuidad, y que responda a la realidad histórica del hombre
(Gadamer, 1998:138). El arte es
conocimiento. Lo anterior equivaldría a separar al arte de su
condena a la subjetividad, de la inmediatez irrepetible, de la
experiencia relegada a la falta de “vinculatividad”. En última instancia, sacarla de
los propios criterios de los estetas. Gadamer considera que debemos a Hegel este
planteamiento decisivo sobre la verdad en el arte, entendida a
partir de su experiencia. Para el autor de la Fenomenología del espíritu,
el contenido de verdad que posee toda experiencia del arte está
reconocido de manera “soberbia, y al mismo tiempo está desarrollada
su mediación con la conciencia histórica”. De esta forma, la
Estética deviene una historia de las concepciones
del mundo, es decir,
una “historia de la verdad tal y como se hace visible en el
espejo del arte”. Hegel sostuvo que “el arte ha sido en verdad la
primera institutriz de
los pueblos” (116).
Sin embargo, Hegel
hará popular la divisa de la “muerte del arte”. En realidad, se
refirió al hecho de que el arte era ya cosa del pasado para la
modernidad en el sentido de que dejó de llenar las necesidades más
elevadas, y de que la impresión que provoca es más bien reflexiva,
exigiendo de nosotros un criterio más alto y una confirmación
distinta. El arte como tal habría perdido su auténtica verdad y la
fuerza vital; habría sido relegado “en nuestra representación, de modo que
no mantiene ya en la realidad su antigua necesidad ni ocupa su
elevado puesto” (Hegel, 1983:53). Como puede observarse, no se trata
tanto de una “muerte” (como inmediatamente Croce la identificó), sino de una nueva realidad
del arte y de su experiencia, dominada ahora por el saber, la teoría
o la ciencia donde antes existía, por ejemplo, la manifestación o
epifanía de lo divino o las fuerzas naturales. Así, el pensamiento y
la reflexión se habrían extendido sobre el arte. La “ciencia del
arte” se habría vuelto una necesidad mayor. Hegel aventuró probables
causas de lo anterior: la preponderancia de las pasiones e intereses
egoístas que ahuyentan la seriedad y la serenidad del arte; o bien
“la vida civil y política que no permite al ánimo, atrapado en
mezquinos intereses, liberarse para ascender hacia los fines
superiores del arte, puesto que la inteligencia misma está sometida
a esta miseria”.
volver
EL PROYECTO DE
UNIDAD SISTEMÁTICA EN EL PENSAMIENTO KANTIANO
Genaro Ángel Martell Ávila
2.- El ideal
sistemático de la Crítica del
juicio.
Es
frecuente encontrar —entre los numerosos estudios sobre la filosofía
kantiana
y en especial sobre la Crítica del juicio—
señalamientos encaminados a destacar la importancia de esa última Crítica como parte coherente
del pensamiento crítico; y se encuentran también observaciones que
se orientan, por el contrario, a demostrar que la Crítica del juicio
constituye una ruptura radical con las iniciales expectativas del
sistema de la razón pura. Estas dos posiciones encontradas dan lugar
a una falsa controversia sobre el significado y relevancia de la
obra en cuestión. De este modo, la asunción de la búsqueda del lugar
sistemático de la Crítica del
juicio es, en realidad, el genuino camino de la exégesis
kantiana,
en la que una interpretación no coincidente con aquélla búsqueda, la
supone como su evaluación. En otros términos: toda interpretación no
reductiva de la Crítica del juicio —es
decir, que no la considere como un texto aislado— deberá manifestar,
explícita o implícitamente, su posición respecto al lugar que ocupa
en el pensamiento crítico; en este mismo sentido, es innegable que
la misma obra apela y necesita las Críticas precedentes para
exponerse con claridad; de tal suerte que cualesquiera que sean los
enfoques o asuntos a tratar sobre este texto fundamental, ellos
deben estar orientados sobre una evaluación de la eficacia final de
todo el sistema diseñado por la crítica.
Se ha mostrado aquí,
a través de los pasajes citados, que la filosofía crítica —hasta
antes de la publicación de la Crítica del juicio— parecía
haber determinado completamente las condiciones legales de toda
operación del espíritu y que esto a su vez había prefigurado la
unidad completa del sistema de la razón pura. Se ha advertido
también que la aparición de la Crítica del juicio violenta
esta tentativa y descubre nuevas posibilidades —o de unidad o de
ruptura— del afirmado sistema. Por eso, es necesario mostrar cuál es
la calidad del cambio y del desarrollo del pensamiento crítico
observado con la aparición de la Crítica del juicio, a partir
de las propias declaraciones de su autor. En primer lugar, deben
considerarse como una indicación insoslayable las alusiones de Kant
previas a la edición de esa obra. A este respecto, el propio Kant
sugería un avance en el desarrollo de sus meditaciones con respecto
a lo dicho en la Crítica de
la razón pura, para la cual el orden artístico quedaba sin el
régimen de principios apriorísticos; se indica en la primera edición
de la Crítica de la razón
pura:
Las reglas o criterios del juicio de lo
bello sólo pueden ser empíricos, según sus fuentes, y, por tanto, no
pueden servir nunca de leyes a priori, según las cuales tuviera que
regirse el juicio del gusto.
volver