EL HOMBRE QUE VOLVIÓ DE LA
CHINGADA
La primera vez que se atrevió a
preguntar que dónde quedaba aquello su padre le cruzó la cara con
una bofetada. Le intrigaba qué clase de lugar podía ser aquél a
donde tanta gente se afanaba en enviar a sus semejantes. Durante una
época de su vida se dedicó a vigilar a todos aquellos a quienes
mandaban para allá, pero nunca los veía irse a ninguna parte. Se
propuso ahorrar lo suficiente para poder pagarse el viaje a tan
misterioso lugar. Cada que alguien le sugería que hiciera el viaje
preguntaba amablemente la dirección que tenía que seguir y lo único
que conseguía era que el otro se irritara más.
Indagó en todas
las líneas aéreas, de autobuses, de ferrocarriles y hasta en las
navieras sobre la manera de realizar el viaje y ninguna pudo darle
la información requerida, aquella extraña tierra no figuraba en el
itinerario de ninguna empresa de transportes.
Por fin un día,
ante lo estéril de sus pesquisas, decidió buscar por él mismo y así
fue que lo vieron partir llevando una sonrisa por todo equipaje.
Durante muchos años nadie volvió a saber de él.
Pero un día
regresó, había cambiado mucho y no sólo por los años. Cuando
caminaba parecía que únicamente se dejara arrastrar por el viento,
cuando hablaba era como si las palabras se le hicieran remolino en
la boca, y la mirada continuamente se le escapaba de los ojos. Se
ganaba la vida contando la historia de su viaje por unas cuantas
monedas en cantinas y burdeles, pero su verdadera historia la
llevaba rebotando entre sus huesos.
Tal parecía que hubiese visto
todo, que se le hubieran hartado los ojos de palabras y que ya sólo
rebotara entre las cosas sin poder pertenecer a nada.
Así, cuando
alguien se burlaba de su historia y lo volvía a mandar para allá,
nada más exhibía su oxidada sonrisa y su triste mirada de contemplar
milenios para explicar, con una voz extraída de quién sabe cuántos
caminos recorridos, que él ya había estado ahí y no valía la pena
regresar.