Catálogo  Autores  |  Servicios   Pedidos   Convocatorias 

 

Azafrán y Cinabrio

e    d     i     c     i     o     n     e     s

Benjamín Valdivia (ed.):
La muerte de Venus

Otto-Raúl González:
Diez colores nuevos

Stephen Crane:
Los jinetes oscuros. Poesía completa.

Luis Manuel Pérez-Boitel:
No llames en la noche

Benjamín Valdivia
Senderos de un publicista.
Diálogos con la obra de Eulalio Ferrer.

Hugo de Sanctis:
Canción al prójimo

Jorge Leónidas Escudero:
Le dije y me dijo. Antología poética.

Agustín Cortés Gaviño:
...Y otros regresos. Obra literaria reunida.

Benjamín Valdivia et al :
Hablar en lenguas. Poemas traducidos en ocho idiomas.

Javier Báez Zacarías:
Para asuntos comerciales

Colección "Autores contemporáneos":
* Víctor Sahuatoba: Cuaderno de San Miguel
* Miguel Aguilar Carrillo: Laberinto del cuerpo

 

 

contacto@ayc.com.mx

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dos poemas de

No llames en la noche

  

ESTE ES UN PAISAJE INSUSTITUIBLE

desde el alero, el majestuoso paisaje nos convence. la lluvia de septiembre nos provee de falsas expectativas, de un sugerente aroma. entre las gradas alguien hace señas. el frescor de la tarde nos hace pensar en la muchacha que asoma a la ventana. en su mundo crecen los sauces y la noche ronda. parece que va a ocurrir algún milagro. nada nos cuesta detenernos en aquel balcón neoclásico del siglo XV para ocultar nuestras miserias. el próximo verano será insustituible, tal como el paisaje que ahora tenemos . en la colina un hombre cruza hasta el fondo. nunca se anuncia el amanecer ahora que todo será lo decisivo. la multitud del mercado, por ejemplo, oculta sus disfraces. ayer, tuve un raro presagio. había una lámpara frente a la que todos quedamos como en una fotografía, por allí apareció una embarcación a la deriva. los tristes cuerpos sobre el agua, nos hizo invocar a la Virgen del Cobre. nada sucedió. realmente nada, y por unos segundos decidimos cambiar ese modo de asumir la eternidad (el desafío?). desde el alero hay una muchacha que se deshace en idénticos sueños. un aire insustituible asoma a la ciudad donde alguien venía ofreciendo un próspero fin de siglo. mientras al hombre ya no se le ve por la colina. un humo gris cubre el escenario. la bahía se pierde por minutos, y recuerdo que llevo una rosa en el bolsillo, la intento rescatar de su mundo, pero el viento nos golpea. la rosa ya no es la rosa, la muchacha ya no está en la ventana, ni es invierno. la demorada luz nos enfrenta a la ciudad y la lluvia de septiembre tiende a borrarlo todo, o casi todo, sin poder hacer otra cosa.


LA BELLA EPOCA EXISTE EN EL DIBUJO Y EN LA LLUVIA

el pastor busca tras el laminario el légamo. el char de un desconocido en la tarde. observaba con precisión el juego (el falso juego?). quizás, faltó un poco de prudencia. desde el círculo el profeta anunciaba que la bella época existe en el dibujo y en la lluvia. yo regresaba de Santa Fe de Bogotá, y tenía una estampilla de una virgen. en el postrero salmo hay algo que desdibuja la planicie, la inmediatez del azafranado aire. mi padre estaba enfermo, le veía sangrar a deshora, pero nada pude hacer. él tenía el don de las ensoñaciones para descubrir en la tarde un torrencial, un árbol milenario, los cimientos de otra ciudad donde el que cruza encumbra otras praderas. el pastor rogaba desde aquellas cúpulas mortales, ante el báculo sostén. el fértil terreno se adueñaba de los limos. hiere ver, a deshora, tanta fatiga en los ojos de mi padre. yo me había acercado en el preciso instante en que cruzaba a la penumbra. le confesé mi obsesión por las palabras, el temor por transitar entre esas columnas que el tiempo nos depara y nos distancia, y nos aniquila, como si fuéramos esos pastores que nunca logran encontrar su rebaño. consternado, no me percaté que era una oración –esta– de despedida. quise decir entonces: vacío, extrañeza, y Dios, pero las heridas golpearon mi memoria. permanezco en el sofá donde descubrí un invierno, el mismo día de su cumpleaños. el inquilino revisaba los semblantes de los cuerpos. adivinaba otras plegarias para burlar aquel rostro de mirada fija (su altivez?). mi padre murió de un tumor, así de grande. entonces pasó aquel enero. yo rogaba por el colector de esas ensoñaciones, y por la pradera el paseante retomaba las frondas, el cáliz, los transidos segundos, los insondables amaneceres.

/ inaccesibles corifeos nos pregonan, en este instante, desde una ciudad donde mi padre me espera desde mil novecientos noventa y ocho.