Dos
poemas de
No llames en la
noche
ESTE ES UN PAISAJE
INSUSTITUIBLE
desde el alero, el majestuoso paisaje nos
convence. la lluvia de septiembre nos provee de falsas expectativas,
de un sugerente aroma. entre las gradas alguien hace señas. el
frescor de la tarde nos hace pensar en la muchacha que asoma a la
ventana. en su mundo crecen los sauces y la noche ronda. parece que
va a ocurrir algún milagro. nada nos cuesta detenernos en aquel
balcón neoclásico del siglo XV para ocultar nuestras miserias. el
próximo verano será insustituible, tal como el paisaje que ahora
tenemos . en la colina un hombre cruza hasta el fondo. nunca se
anuncia el amanecer ahora que todo será lo decisivo. la multitud del
mercado, por ejemplo, oculta sus disfraces. ayer, tuve un raro
presagio. había una lámpara frente a la que todos quedamos como en
una fotografía, por allí apareció una embarcación a la deriva. los
tristes cuerpos sobre el agua, nos hizo invocar a la Virgen del
Cobre. nada sucedió. realmente nada, y por unos segundos decidimos
cambiar ese modo de asumir la eternidad (el desafío?). desde el
alero hay una muchacha que se deshace en idénticos sueños. un aire
insustituible asoma a la ciudad donde alguien venía ofreciendo un
próspero fin de siglo. mientras al hombre ya no se le ve por la
colina. un humo gris cubre el escenario. la bahía se pierde por
minutos, y recuerdo que llevo una rosa en el bolsillo, la intento
rescatar de su mundo, pero el viento nos golpea. la rosa ya no es la
rosa, la muchacha ya no está en la ventana, ni es invierno. la
demorada luz nos enfrenta a la ciudad y la lluvia de septiembre
tiende a borrarlo todo, o casi todo, sin poder hacer otra cosa.
LA BELLA EPOCA EXISTE EN EL DIBUJO Y EN LA
LLUVIA
el pastor busca tras el laminario el légamo. el char
de un desconocido en la tarde. observaba con precisión el juego (el
falso juego?). quizás, faltó un poco de prudencia. desde el círculo
el profeta anunciaba que la bella época existe en el dibujo y en la
lluvia. yo regresaba de Santa Fe de Bogotá, y tenía una estampilla
de una virgen. en el postrero salmo hay algo que desdibuja la
planicie, la inmediatez del azafranado aire. mi padre estaba
enfermo, le veía sangrar a deshora, pero nada pude hacer. él tenía
el don de las ensoñaciones para descubrir en la tarde un torrencial,
un árbol milenario, los cimientos de otra ciudad donde el que cruza
encumbra otras praderas. el pastor rogaba desde aquellas cúpulas
mortales, ante el báculo sostén. el fértil terreno se adueñaba de
los limos. hiere ver, a deshora, tanta fatiga en los ojos de mi
padre. yo me había acercado en el preciso instante en que cruzaba a
la penumbra. le confesé mi obsesión por las palabras, el temor por
transitar entre esas columnas que el tiempo nos depara y nos
distancia, y nos aniquila, como si fuéramos esos pastores que nunca
logran encontrar su rebaño. consternado, no me percaté que era una
oración –esta– de despedida. quise decir entonces: vacío, extrañeza,
y Dios, pero las heridas golpearon mi memoria. permanezco en el sofá
donde descubrí un invierno, el mismo día de su cumpleaños. el
inquilino revisaba los semblantes de los cuerpos. adivinaba otras
plegarias para burlar aquel rostro de mirada fija (su altivez?). mi
padre murió de un tumor, así de grande. entonces pasó aquel enero.
yo rogaba por el colector de esas ensoñaciones, y por la pradera el
paseante retomaba las frondas, el cáliz, los transidos segundos, los
insondables amaneceres.
/ inaccesibles corifeos nos pregonan,
en este instante, desde una ciudad donde mi padre me espera desde
mil novecientos noventa y ocho.