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JUMENTAL FLORILEGIO
para chicos y grandes del nuevo milenio

AUTOR: Benjamín Valdivia, et al.
SERIE: Literatura
ISBN: 970-95131-4-1
PÁGINAS: 277
TAMAÑO: 15.5 x 22.5 cm.
PRECIO: $ 10 US (En México: $100 pesos)

El burro es bestia de insigne prosapia. Sus genealogías alcanzan los orbes más recónditos de la historia humana, hasta el extremo de ser reconocido como el primer mortal en el mundo posterior al Paraíso (recordemos que Caín asesinó a su hermano empuñando una quijada de tal cuadrúpedo). A veces testigo, a veces protagonista, a veces invitado, siempre representa el trabajo y esfuerzo, la fatiga bruta, la serenidad o la parsimonia; y tanto es tildado de sabio paciente cuanto de tozudo y torpe. En realidad, es sobre él que proyectamos nuestra sombra. Benjamín Valdivia (Aguascalientes, México, 1960) nos ofrece este Jumental florilegio que no es sino una erudita y jubilosa recopilación de textos que tienen como tema o protagonistas a los burros, desde Los Vedas hasta la Feria de Otumba. Son más de cinco mil años de literatura en los cuales el jumento ha exhibido sus dotes diversas, ya sea para hacernos reír o para hacernos pensar. Se han ocupado del burro autores tan distintos como Homero y Platón, Apuleyo y Lulio, Chaucer y Leonardo, Erasmo y Góngora, Shakespeare y Sade, hasta Monterroso, Saramago, Eco y García Márquez, por anotar unos cuantos de los casi ciento cincuenta que aquí se incluyen, varios de ellos con traducciones especiales para esta edición.

Ofrecemos aquí un fragmento del Prólogo:

EL BURRO NOS HA INSTRUIDO
PARA CONTEMPLAR EL MUNDO

Neftalí Coria

El burro es, no cabe duda, una figura mítica aunque pareciera exagerado; y, aunque prevalece en el imaginario de la historia como la imagen del desdén por excelencia, me parece que por mucho vale la pena escrutar otros de sus confines. Un animal tan paciente y tan sobrio de entendederas, debe tomarse en cuenta para reflexionar en torno a su figura, su imagen y, sobre todo, el contenido simbólico que vino creciendo en sentido contrario a sus virtudes que más bien parecen perdidas, o al menos poco reconocidas y mucho menos celebradas en comparación con los innumerables elogios que recibe la imagen del caballo, por no mencionar otras como la del tigre.

Muchas veces evoqué la mirada de un burro y siempre me hizo pensar en la tristeza del mundo. Era impensable ver los ojos de un burro alegre, aunque sé que se debe al comprensivo valor que yo le he dado a este noble y laborioso animal. Sintetizada la tristeza de la tierra en la frágil mirada del burro, también veo en ella la luz dulce de la espera y la infatigable fuerza del que sabe de esperas y esperanzas. En ningún lado he hallado la sutileza de peces, que puede verse en la mirada de un burro pequeño. Y sin duda, la inocencia que en sus ojos abunda, es difícil —quizás imposible— hallarla en otros ojos. Y aunque, pese a ese paisaje que notablemente se encuentra en tan desdichado animal, el burro ha sido singularmente maltratado, vilipendiado y, para llevar al extremo las cosas, es un animal casi por nadie valorado, lo que me parece verdaderamente injusto y hasta cruel: en la Literatura —como es el motivo de este libro— el burro no ha sido liberado de su estigma de tonto, necio, procaz, vulgar, bruto, entre otras cualidades que han servido para despreciar la figura de tan noble bestia. Incluso, algunas páginas de ciertas obras han colaborado para que su figura siga siendo el centro del significado invertido para con esta insigne especie de los equinos.

No puede dejar de mencionarse que, en algunas ocasiones, ha salido agraciado por sus observadores, como es el caso de sus dotaciones sexuales, cosa que en una minuciosa observación, tales atributos, no califican a ningún jumento como un animal moralmente confiable. Y aquí debe observarse la moral con la que el burro ha sido conducido rumbo a ciertos atributos de los que más bien procede el escarnio. Sin embargo, en una buena parte de la historia, el burro ha sido visto como el animal menor al caballo; el feo, el soez, el cuasi vulgar energúmeno.

Blanco de escarnio y burla, el burro, como la tortuga, sostiene con paciencia lo que de él se ha dicho y parece pasar por un lado a sus detractores. Si hay un animal que sólo sirva como bestia de carga —lo cual no es para conferirle gracia alguna— es el burro. Aterido por la lluvia de golpes cuando cargado de leña se detiene a resollar. Sometido a las órdenes de cargar cuanta cosa se le ponga en las mataduras de su duro lomo, el burro parece no respingar ante ninguno de los pesos conferidos en la servidumbre que el hombre le ha otorgado como único e irónico don.
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