Catálogo  Autores  |  Servicios   Pedidos   Convocatorias 

 

Azafrán y Cinabrio

e    d     i     c     i     o     n     e     s

Benjamín Valdivia (ed.):
La muerte de Venus

Otto-Raúl González:
Diez colores nuevos

Stephen Crane:
Los jinetes oscuros. Poesía completa.

Luis Manuel Pérez-Boitel:
No llames en la noche

Benjamín Valdivia
Senderos de un publicista.
Diálogos con la obra de Eulalio Ferrer.

Hugo de Sanctis:
Canción al prójimo

Jorge Leónidas Escudero:
Le dije y me dijo. Antología poética.

Agustín Cortés Gaviño:
...Y otros regresos. Obra literaria reunida.

Benjamín Valdivia et al :
Hablar en lenguas.
Poemas traducidos en ocho idiomas.

Javier Báez Zacarías:
Para asuntos comerciales

Colección "Autores contemporáneos":
* Víctor Sahuatoba: Cuaderno de San Miguel
* Miguel Aguilar Carrillo: Laberinto del cuerpo

 

 

contacto@ayc.com.mx

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuento final que da título al libro

PARA ASUNTOS COMERCIALES

En esta máquina no puedo escribir cartas para Isabel, ni escribir la letra de las canciones que me gustan. Tampoco tratar de recordar los poemas aprendidos de memoria hace tantos años en la escuela, cuando podían decir éste va a llegar muy alto, su desenvoltura, su seguridad, el tono de su voz, y en el centro del patio me sentía observado, admirado, querido por todas las maestras y alguna niña del año superior. Éste va a llegar muy alto. Yo engolaba la voz, movía las manos de arriba hacia abajo, primero una, después la otra, repitiendo cada uno de los versos. ¿Cuáles versos? Ni tratar de reconstruir la primera vez que estuve en el cine con una mujer; una mujer que me enseñaba lo que esta palabra significa. O bien, tratar de recordar el argumento de la película que habíamos ido a ver. Mucho menos podría escribir que estoy cansado de este trabajo, de todos los trabajos del mundo porque éste es el trabajo de todo el mundo, por lo menos del mundo que me rodea y que es con lo que me gano la vida, por lo tanto, estoy cansado también de lo que es la vida, y en esta máquina no puedo escribirlo ni escribirle cartas a Isabel. Esta máquina es sólo para asuntos comerciales y no puedo decir otra cosa que no se relacione directamente con la empresa sin estar jugándome el trabajo, por lo tanto mi forma de vida, por lo tanto mis zapatos negros, mis tres pantalones de casimir, mis camisas limpias y los sesenta pesos diarios para pagar dos sopas y un guisado. Aunque la monotonía de este empleo me desespere. “Sr. Emiliano Rodríguez Rivera”. Siempre la misma pared enfrente del escritorio, descolorida, con las manchas que le han ido dejando los años, y que en los momentos más desesperantes, cuando siento que el corazón me late más aprisa y que la sangre, o la energía, se me atora en las venas del cuello, y ni siquiera puedo ir al baño para mojarme la cara, porque no es hora de abandonar el trabajo que, según Valdez, se acumula a cada momento, me pongo a descubrir semejanzas, y con los dedos sobre la máquina, cada uno en la tecla que corresponde, me digo veo a Isabel en esa mancha, esta parte más oscura forma su pelo, cubriéndole las orejas y un ojo, y el que se alcanza a ver es grande como los de ella. Entonces pienso: QUERIDA ISABEL, e imagino su sonrisa. Los dedos en las teclas tiemblan. DOS PUNTOS. “Toribio Medina Nª 94”. Más abajo veo una mujer con un niño en brazos, a éste una mancha le atraviesa la cara simulando una barba; en la cabeza una especie de casco mal puesto, como si se le estuviera cayendo. Es mi hermano, digo, con su pelo chino y abultado, del que hace mucho no sé; tal vez él no traiga barba. Entonces digo es mi hijo, que se parece a mi hermano y la mujer es mi esposa. LOS DÍAS SON ETERNOS Y SOFOCANTES, LA CUENTA PARECE INTERMINABLE. Entonces, ya más tranquilo, el corazón con su latido casi normal y las venas del cuello despejadas, bajo la vista hasta el suelo y en los mosaicos descubro diablos y brujas. Ésta es una víbora, con dos largos colmillos listos para encajárselos a la primera persona que se le acerque, me inclino un poco y le descubro los ojos. “Guamúchil, Sin.” En la calle los autos pitan. Desde el escritorio, a través de las rejas negras que no sé si impiden, en un segundo piso, la entrada a cualquier intruso, un ladrón por ejemplo, o intentan aprisionarme hasta lo último cortando la imagen con cinco barras verticales, se ve la línea de autos que se han detenido, y es como si todo se hubiera detenido, las máquinas, los hombres, los relojes, y por lo tanto el tiempo. Entonces las venas en el cuello, la energía; todo como si se hubiera estancado, y el corazón que se desboca. PARECE QUE NUNCA PODREMOS CONTAR UN AÑO Y MEDIO. El claxon de los carros prolongado al infinito, o la constante repetición del mismo instante, como si la inmovilidad produjera ese chillido, el chirriar del tiempo que se arrastra, que se niega a avanzar. Y por más que me doy prisa para terminar algún día con el trabajo pendiente, siempre está el papel que sigue, la factura que urge enviar, y nunca se llega al fin. Cinco años y toda la vida porque hay que hacer dinero para dentro de un tiempo poder compartir con Isabel esta sofocante repetición. “Apreciable señor:” El mismo lugar desde hace cinco años. El mismo escritorio. Desde hace cinco años en los que no puedo escribirle cartas a Isabel, esta máquina es solamente para asuntos comerciales. Sin embargo hay largos momentos, a veces horas, en las que Valdez Luna no se para por aquí. Entonces no entretenerse viendo figuras en la pared o el suelo. Simular que se escribe lo de siempre, las mismas formas ya caducas, con el mismo ritmo de los dedos apretando las teclas, aunque esta vez el orden que han guardado durante años se pierda, se rompa. POR AHORA ME DEDICO A EMPUJAR CON TODAS MIS FUERZAS CADA HORA, CADA MINUTO. Y que el tiempo estancado se rompa, se reorganice por primera vez en muchos años de una forma diferente, no importa que luego, con la llegada de Valdez, se detenga, y las máquinas, y los hombres, y la vida, y todo sea lo mismo que siempre. “Con agrado saludo a usted”. Y que vuelva a sentirme como preso, con la rabia atorada en el cuello. Sin poder decir hasta aquí con este empleo. Y sé que no es tanto por mis zapatos negros, ni por los sesenta pesos de la comida, sino porque Isabel también empuja el tiempo, cada hora, cada minuto y yo lo sé. Y cuando por fin haya hecho pasar un año y medio, no serán sólo mis tres pantalones de casimir y mis camisas limpias, sino muchas otras cosas, y tal vez un hijo que se parezca a mi hermano, con el cabello chino y abultado. PARA QUE MUY PRONTO ESTEMOS POR FIN JUNTOS. Y más vale no desesperarse, tratar de engañarse uno mismo fingiendo no sentir la sangre que se agolpa, y las ganas de detener a Valdez Luna algún día que pase cerca del escritorio y echarle en cara el porqué durante cinco años me ha explotado, cosificado hasta convertirme en una máquina más. O no decirle nada, sólo detenerlo y de un golpe romperle la cara de chango. Veo un chango con cara de hombre, o más bien, un hombre con cara de chango que fuma, que toma una aspirina todas las mañanas, que se pasea de un lado para otro buscando a quién humillar; lo veo justo en el mosaico en que se apoya la pata de mi escritorio, vigilándome, siempre vigilándome. El asco sube a mi garganta. Preferiría no haber encontrado esta figura. Entonces le echo un escupitajo y lo tapo con el pie. “Informándole que en el correo del 19 del corriente mes”. No debo seguir dejando que esto me absorba, que me devore, que me chupe toda la sangre. Al principio me gustaba perderme en el trabajo, hundirme en él; así cuando menos esperaba eran las dos o las ocho y el día había terminado. Pero cinco años de escribir la misma carta y después leerla para asegurarse de que no vaya ningún error han terminado por agregar horas a la jornada. Es necesario escribir cartas nuevas para que no me vuelva loco, para continuar, hasta que algún día, tal vez, el hijo que aún no nace, pero que consoladoramente la pared de enfrente me promete, me redima, diga hasta aquí con este empleo, no más cartas, no más asuntos comerciales, y me lleve a casa para dedicarme por completo a Isabel. Y NADA NI NADIE NOS PUEDA SEPARAR. Pero el tiempo se niega a pasar y para que el hijo se vuelva redentor faltarán unos veinte o veinticinco años. Ahora me conformo con que pase este día, un día menos, un día que podré descontar de la cuenta de año y medio, cada vez más cerca de la redención. “Envié la siguiente mercancía:” una máquina de asuntos comerciales; es hora de romper con esta tradición, es tiempo de profanar el santuario levantado hace ya mucho, porque cuando yo llegué a esta oficina por primera vez, la carta que he escrito miles y miles de veces ya había sido redactada no sé cuánto tiempo antes, y el señor Valdez, aunque no se apareciera durante un buen tiempo, como hoy, me observaba desde el mosaico en que se apoya la pata del escritorio. Tal vez ahora sería el momento oportuno para escribir a Isabel. No me llevaría mucho tiempo. Y por fin el orden quedaría roto, y si merma las utilidades de la empresa, como no se cansa de repetir Valdez, no importa, y a lo mejor hasta se derrumba el edificio, y aplasta al chango, sí, al chango, y también esta maldita máquina de escribir sólo asuntos comerciales, y la ventana de la prisión, y el baño al que nunca puedo ir porque nunca es hora de ir al baño; pero también se derrumbaría mi hijo, y yo, e Isabel que también empuja el tiempo. Mejor le escribo la carta y que no se derrumbe el edificio, ni se mermen las utilidades de la empresa, y me espero a que mi hijo me redima. TE AMO. Afuera los autos pasan, veloces, uno atrás de otro formando una misma línea como si fuera una gran culebra que nunca termina de pasar, como si en cinco años no hubiera pasado y la culebra estuviera en su primer intento por dejar atrás esa calle de edificios antiguos y yo no me hubiera acostumbrado a verla arrastrarse, de nueve a dos, de cuatro a ocho, ni de encontrarla ahí al día siguiente, siempre igual, como si estuviera muerta. Y yo estaría embebido en el trabajo, escribiendo por octava vez la carta comercial que aún no me sabía de memoria, y aún tendría que ver otras escritas con anterioridad para asegurarme de que no me comía las palabras. Aún no repudiaría a Valdez, al contrario, me halagaba que me viera trabajar, yo me esmeraba y creía que en el trabajo encontraba mi salvación, mi independencia. Hace cinco años que veo la imagen de la culebra, cortada por cinco líneas negras, arrastrarse; y parece que no ha pasado el tiempo, yo sigo aquí sentado, de nueve a dos y después de cuatro a ocho, y al día siguiente igual, con los dedos sobre la máquina, cada uno en la tecla correspondiente. “5 colchas iké individual a 490.00 c/u dando un total de 2,450.00”. Siempre igual, como si estuviera muerto. Lo único por lo que sé que estoy vivo es porque me ha ido creciendo el odio, porque cada vez lo siento más sobre mis hombros, en la base del cuello, y no siento gusto porque Valdez se me acerque, al contrario, me vienen ganas de cogerlo y estrellarle la cara contra el escritorio, de que se parta la cabeza contra la máquina Remington de carro extralargo, de hacerlo que se coma sus cartas comerciales porque yo me estoy cansando, y de cualquier forma Isabel se me escapa de las manos, porque ni siquiera puedo escribirle una carta diciéndole tenme calma, yo también empujo el tiempo. TUYO SIEMPRE. Aunque aquí, aún me queda la esperanza de que un día mi hijo me redima, diga hasta aquí con este empleo, y entonces sí poder dedicar toda mi vida, o lo que me quede de vida, a Isabel. Algún día le escribiré la carta que he pensado durante tanto tiempo, un día en que Valdez no se aparezca durante un buen rato, una hora por ejemplo, como hoy; no importa que se caiga el edificio, o se mermen las utilidades de la empresa. “Sin más por el momento me despido de usted Afmo. Atto. y S. S.”.