Cuento final
que da título al libro
PARA ASUNTOS
COMERCIALES
En esta
máquina no puedo escribir cartas para Isabel, ni escribir la letra
de las canciones que me gustan. Tampoco tratar de recordar los
poemas aprendidos de memoria hace tantos años en la escuela, cuando
podían decir éste va a llegar muy alto, su desenvoltura, su
seguridad, el tono de su voz, y en el centro del patio me sentía
observado, admirado, querido por todas las maestras y alguna niña
del año superior. Éste va a llegar muy alto. Yo engolaba la voz,
movía las manos de arriba hacia abajo, primero una, después la otra,
repitiendo cada uno de los versos. ¿Cuáles versos? Ni tratar de
reconstruir la primera vez que estuve en el cine con una mujer; una
mujer que me enseñaba lo que esta palabra significa. O bien, tratar
de recordar el argumento de la película que habíamos ido a ver.
Mucho menos podría escribir que estoy cansado de este trabajo, de
todos los trabajos del mundo porque éste es el trabajo de todo el
mundo, por lo menos del mundo que me rodea y que es con lo que me
gano la vida, por lo tanto, estoy cansado también de lo que es la
vida, y en esta máquina no puedo escribirlo ni escribirle cartas a
Isabel. Esta máquina es sólo para asuntos comerciales y no puedo
decir otra cosa que no se relacione directamente con la empresa sin
estar jugándome el trabajo, por lo tanto mi forma de vida, por lo
tanto mis zapatos negros, mis tres pantalones de casimir, mis
camisas limpias y los sesenta pesos diarios para pagar dos sopas y
un guisado. Aunque la monotonía de este empleo me desespere. “Sr.
Emiliano Rodríguez Rivera”. Siempre la misma pared enfrente del
escritorio, descolorida, con las manchas que le han ido dejando los
años, y que en los momentos más desesperantes, cuando siento que el
corazón me late más aprisa y que la sangre, o la energía, se me
atora en las venas del cuello, y ni siquiera puedo ir al baño para
mojarme la cara, porque no es hora de abandonar el trabajo que,
según Valdez, se acumula a cada momento, me pongo a descubrir
semejanzas, y con los dedos sobre la máquina, cada uno en la tecla
que corresponde, me digo veo a Isabel en esa mancha, esta parte más
oscura forma su pelo, cubriéndole las orejas y un ojo, y el que se
alcanza a ver es grande como los de ella. Entonces pienso: QUERIDA
ISABEL, e imagino su sonrisa. Los dedos en las teclas tiemblan. DOS
PUNTOS. “Toribio Medina Nª 94”. Más abajo veo una mujer con un niño
en brazos, a éste una mancha le atraviesa la cara simulando una
barba; en la cabeza una especie de casco mal puesto, como si se le
estuviera cayendo. Es mi hermano, digo, con su pelo chino y
abultado, del que hace mucho no sé; tal vez él no traiga barba.
Entonces digo es mi hijo, que se parece a mi hermano y la mujer es
mi esposa. LOS DÍAS SON ETERNOS Y SOFOCANTES, LA CUENTA PARECE
INTERMINABLE. Entonces, ya más tranquilo, el corazón con su latido
casi normal y las venas del cuello despejadas, bajo la vista hasta
el suelo y en los mosaicos descubro diablos y brujas. Ésta es una
víbora, con dos largos colmillos listos para encajárselos a la
primera persona que se le acerque, me inclino un poco y le descubro
los ojos. “Guamúchil, Sin.” En la calle los autos pitan. Desde el
escritorio, a través de las rejas negras que no sé si impiden, en un
segundo piso, la entrada a cualquier intruso, un ladrón por ejemplo,
o intentan aprisionarme hasta lo último cortando la imagen con cinco
barras verticales, se ve la línea de autos que se han detenido, y es
como si todo se hubiera detenido, las máquinas, los hombres, los
relojes, y por lo tanto el tiempo. Entonces las venas en el cuello,
la energía; todo como si se hubiera estancado, y el corazón que se
desboca. PARECE QUE NUNCA PODREMOS CONTAR UN AÑO Y MEDIO. El claxon
de los carros prolongado al infinito, o la constante repetición del
mismo instante, como si la inmovilidad produjera ese chillido, el
chirriar del tiempo que se arrastra, que se niega a avanzar. Y por
más que me doy prisa para terminar algún día con el trabajo
pendiente, siempre está el papel que sigue, la factura que urge
enviar, y nunca se llega al fin. Cinco años y toda la vida porque
hay que hacer dinero para dentro de un tiempo poder compartir con
Isabel esta sofocante repetición. “Apreciable señor:” El mismo lugar
desde hace cinco años. El mismo escritorio. Desde hace cinco años en
los que no puedo escribirle cartas a Isabel, esta máquina es
solamente para asuntos comerciales. Sin embargo hay largos momentos,
a veces horas, en las que Valdez Luna no se para por aquí. Entonces
no entretenerse viendo figuras en la pared o el suelo. Simular que
se escribe lo de siempre, las mismas formas ya caducas, con el mismo
ritmo de los dedos apretando las teclas, aunque esta vez el orden
que han guardado durante años se pierda, se rompa. POR AHORA ME
DEDICO A EMPUJAR CON TODAS MIS FUERZAS CADA HORA, CADA MINUTO. Y que
el tiempo estancado se rompa, se reorganice por primera vez en
muchos años de una forma diferente, no importa que luego, con la
llegada de Valdez, se detenga, y las máquinas, y los hombres, y la
vida, y todo sea lo mismo que siempre. “Con agrado saludo a usted”.
Y que vuelva a sentirme como preso, con la rabia atorada en el
cuello. Sin poder decir hasta aquí con este empleo. Y sé que no es
tanto por mis zapatos negros, ni por los sesenta pesos de la comida,
sino porque Isabel también empuja el tiempo, cada hora, cada minuto
y yo lo sé. Y cuando por fin haya hecho pasar un año y medio, no
serán sólo mis tres pantalones de casimir y mis camisas limpias,
sino muchas otras cosas, y tal vez un hijo que se parezca a mi
hermano, con el cabello chino y abultado. PARA QUE MUY PRONTO
ESTEMOS POR FIN JUNTOS. Y más vale no desesperarse, tratar de
engañarse uno mismo fingiendo no sentir la sangre que se agolpa, y
las ganas de detener a Valdez Luna algún día que pase cerca del
escritorio y echarle en cara el porqué durante cinco años me ha
explotado, cosificado hasta convertirme en una máquina más. O no
decirle nada, sólo detenerlo y de un golpe romperle la cara de
chango. Veo un chango con cara de hombre, o más bien, un hombre con
cara de chango que fuma, que toma una aspirina todas las mañanas,
que se pasea de un lado para otro buscando a quién humillar; lo veo
justo en el mosaico en que se apoya la pata de mi escritorio,
vigilándome, siempre vigilándome. El asco sube a mi garganta.
Preferiría no haber encontrado esta figura. Entonces le echo un
escupitajo y lo tapo con el pie. “Informándole que en el correo del
19 del corriente mes”. No debo seguir dejando que esto me absorba,
que me devore, que me chupe toda la sangre. Al principio me gustaba
perderme en el trabajo, hundirme en él; así cuando menos esperaba
eran las dos o las ocho y el día había terminado. Pero cinco años de
escribir la misma carta y después leerla para asegurarse de que no
vaya ningún error han terminado por agregar horas a la jornada. Es
necesario escribir cartas nuevas para que no me vuelva loco, para
continuar, hasta que algún día, tal vez, el hijo que aún no nace,
pero que consoladoramente la pared de enfrente me promete, me
redima, diga hasta aquí con este empleo, no más cartas, no más
asuntos comerciales, y me lleve a casa para dedicarme por completo a
Isabel. Y NADA NI NADIE NOS PUEDA SEPARAR. Pero el tiempo se niega a
pasar y para que el hijo se vuelva redentor faltarán unos veinte o
veinticinco años. Ahora me conformo con que pase este día, un día
menos, un día que podré descontar de la cuenta de año y medio, cada
vez más cerca de la redención. “Envié la siguiente mercancía:” una
máquina de asuntos comerciales; es hora de romper con esta
tradición, es tiempo de profanar el santuario levantado hace ya
mucho, porque cuando yo llegué a esta oficina por primera vez, la
carta que he escrito miles y miles de veces ya había sido redactada
no sé cuánto tiempo antes, y el señor Valdez, aunque no se
apareciera durante un buen tiempo, como hoy, me observaba desde el
mosaico en que se apoya la pata del escritorio. Tal vez ahora sería
el momento oportuno para escribir a Isabel. No me llevaría mucho
tiempo. Y por fin el orden quedaría roto, y si merma las utilidades
de la empresa, como no se cansa de repetir Valdez, no importa, y a
lo mejor hasta se derrumba el edificio, y aplasta al chango, sí, al
chango, y también esta maldita máquina de escribir sólo asuntos
comerciales, y la ventana de la prisión, y el baño al que nunca
puedo ir porque nunca es hora de ir al baño; pero también se
derrumbaría mi hijo, y yo, e Isabel que también empuja el tiempo.
Mejor le escribo la carta y que no se derrumbe el edificio, ni se
mermen las utilidades de la empresa, y me espero a que mi hijo me
redima. TE AMO. Afuera los autos pasan, veloces, uno atrás de otro
formando una misma línea como si fuera una gran culebra que nunca
termina de pasar, como si en cinco años no hubiera pasado y la
culebra estuviera en su primer intento por dejar atrás esa calle de
edificios antiguos y yo no me hubiera acostumbrado a verla
arrastrarse, de nueve a dos, de cuatro a ocho, ni de encontrarla ahí
al día siguiente, siempre igual, como si estuviera muerta. Y yo
estaría embebido en el trabajo, escribiendo por octava vez la carta
comercial que aún no me sabía de memoria, y aún tendría que ver
otras escritas con anterioridad para asegurarme de que no me comía
las palabras. Aún no repudiaría a Valdez, al contrario, me halagaba
que me viera trabajar, yo me esmeraba y creía que en el trabajo
encontraba mi salvación, mi independencia. Hace cinco años que veo
la imagen de la culebra, cortada por cinco líneas negras,
arrastrarse; y parece que no ha pasado el tiempo, yo sigo aquí
sentado, de nueve a dos y después de cuatro a ocho, y al día
siguiente igual, con los dedos sobre la máquina, cada uno en la
tecla correspondiente. “5 colchas iké individual a 490.00 c/u dando
un total de 2,450.00”. Siempre igual, como si estuviera muerto. Lo
único por lo que sé que estoy vivo es porque me ha ido creciendo el
odio, porque cada vez lo siento más sobre mis hombros, en la base
del cuello, y no siento gusto porque Valdez se me acerque, al
contrario, me vienen ganas de cogerlo y estrellarle la cara contra
el escritorio, de que se parta la cabeza contra la máquina Remington
de carro extralargo, de hacerlo que se coma sus cartas comerciales
porque yo me estoy cansando, y de cualquier forma Isabel se me
escapa de las manos, porque ni siquiera puedo escribirle una carta
diciéndole tenme calma, yo también empujo el tiempo. TUYO SIEMPRE.
Aunque aquí, aún me queda la esperanza de que un día mi hijo me
redima, diga hasta aquí con este empleo, y entonces sí poder dedicar
toda mi vida, o lo que me quede de vida, a Isabel. Algún día le
escribiré la carta que he pensado durante tanto tiempo, un día en
que Valdez no se aparezca durante un buen rato, una hora por
ejemplo, como hoy; no importa que se caiga el edificio, o se mermen
las utilidades de la empresa. “Sin más por el momento me despido de
usted Afmo. Atto. y S.
S.”.
|